¡Qué hermosa y qué encantadora eres, amor mío, con todos tus encantos!




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El establecimiento donde trabajaba Zoraida estaba vacío, ni las moscas se acercaban, como que la realidad bailaba su propio réquiem, pues cuando no estemos se habrá diluido la gracia de lo posible.

Zoraida suavemente, y con un misterio tremendo se me acercó, se sentó a mi lado y sonrió como una niña que no hace daño.

—Cuando usted muera voy a ir a su entierro y le llevaré un ramo de flores que echaré dentro de la tumba—me dijo Zoraida. Su expresión evidentemente me sorprendió, entonces, le observé profundamente a sus ojos como queriendo traspasarle el pensamiento.

—Está bien Zoraida —te lo agradezco— le repliqué.

—Pero si no estoy en Masaya, me jala los pies cuando muera, mejor no, mejor lléveme una flor a mi cama y sabré que usted murió...— repuso Zoraida.

(Bayardo Quinto N. - Minicuento "La flor en la cama")


Carissima in Deliciis

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